La maldición del conocimiento ( I )

Si el debate sobre la ilusión y el engaño de nuestros sentidos es antiguo, el tema aún está fresco. La reflexión de quien esto escribe es una invitación a mirar esa inadvertencia. Invitación a mirar directamente lo que (nos) pasa, y  como no, a tomar conciencia del desastre en el que están inmersas muchas cosas… De lo que sin ambages se trata ahora es mirar de frente y contemplar nuestra cruda modernidad. Modernidad del mundo  y la nuestra propia, nuestra «modernura» hoy en tanto que sujetos contribuyentes al gran sueño hiper-real del mundo: el Holograma Global, el cual, como todo fenómeno holográfico, carece de consistencia, sólo es pura ilusión óptica bajo la forma de una masa de intencionalidades brillantes de la conciencia de objeto, una fenomenalidad de relumbres que opacan lo Real. Si a alguien, dándoselas de inteligente, buscando ser más consciente, se le ocurriera montar guardia a las puertas de su percepción (o de su pensamiento) ha de saber que ya es tarde, que es una vana vigilancia, porque sin saberlo ya está dentro del Holograma. 

La fenomenalidad nueva derivada del desarrollo tecnológico apunta a lo hiperreal en cuanto horizonte de apareceres vivísimos y fascinantes de las cosas ante nuestros sentidos, manifestaciones que son extremadamente convincentes por su exceso de verosimilitud, realismo e innegable practicidad. Para esta edad de los prodigios de la Tecnociencia,  «Bondad, Verdad y Belleza»  parece ser una  suerte de tríada tardoplatónica remasterizada que subrepticiamente va configurando una visión virtual de las cosas en todos los ámbitos; cosas afectadas, tocadas o trastocadas en lo más íntimo de su ser, estructura y sentido, cosas deviniendo cada vez más «tecno-cosas»…

La Hiper-realidad no es sólo la pantalla global permanentemente encendida ante nuestra percepción absorbida y fascinada por el marcado ultraísmo de lo-que-parece-más-que-real, sino que, como toda pantalla, esconde necesariamente el otro lado cableado o traspantalla; en este caso: una  megaestructura industrial-económica de altísimo poder moviendo hilos difusos en tanto que imperio fabricador de nuevas creencias y evidencias: visiones normales, cotidianas, y también sofisticadamente postcartesianas se van implementando inadvertidamente en los sujetos, todas al servicio del Beneficio y de la maquinada Necesidad. Un ejemplo: el acto aparentemente inocente de hacerse un «selfie» implica el concepto de una megaestructura de progreso extraordinariamente complicada e inconsciente de alienación. Quizá nunca haya sido más fácil perder el “hilo real de las cosas”…

El primer grado de lucidez está en darse cuenta de esta encovadura, de que la clausura de la conciencia está en su monomodo intencional buscando espacios exóticos, externos; saber que la visión de la conciencia se emboveda literalmente en los límites extáticos a los que tiende. Casi todo nuestro pensar, por muy alto que parezca, se empareda intencionalmente de esta guisa.

El salto atrás inobjetivo que puede operar la inteligencia es un salir sin esfuerzo de esta caverna holográfica. La experimentación de esta no-perspectiva de la conciencia (si no hay objeto, no hay punto de perspectiva) no se basa en conjeturas ni en teorías neurológicas ni fenomenológicas: simplemente es la ipse-flexión, la curvatura negativa natural o retro-flexión hacia el Sí arreferencial que somos. Y esto constituye el segundo grado de lucidez o conciencia sin objeto: la No-Referencia.

Si bien, para no “encariñarnos» demasiado con aquella expresión de salto atrás (o retorno sobre sí de la conciencia), expresión que pareciera apuntar a la existencia de un autor hacedor capaz  de tal movimiento de vuelta a sí, o en sí —cual un esforzado Ulises hacia su Ítaca natal—, presentamos el nombre duro del asunto: la no-persona. El no-sujeto, el in-sujeto.

La «vuelta de tuerca» de la comprensión sentiológica aquí propuesta —allende los presupuestos de Henry— está en que todo verdadero descubrir(se) es absolutamente impersonal: no hay aspecto personal alguno descubierto, ni personalidad mundana, ni Dasein, ni mucho menos individuo cósmic0, ni superhombre, ni ipse-personalidad cristiana o alma al estilo henryano de “hijo en el Hijo” … El Descubrimiento es un No-Descubrimiento personal: no hay nadie ahí, ni dentro ni fuera, ni nadie que descubra nada. Pues el sentido de «persona» en tanto que observador-experimentador-sufridor es aún un resto del naufragio de la conciencia, un baúl atávico en flotación, el último e innecesario equipaje…

¡En el Océano de la Vida sólo hay Conciencia Viva tomando caleidoscópicamente formas! Y éste es el tercer grado de lucidez: la conciencia sin sujeto. Ahora Uno es libre de lo que no es ni nunca ha sido. Y aparece una Humildad de Nadie, universal, una Naturaleza Indescriptible sin fisonomías personales, morales, ni idiosincráticas; una simplicidad de mirada verdaderamente humana (humilde) irisada por todos los matices de un Inteligir Afectivo que recibe, acoge y abraza cuanto aparece. Tallada como un diamante, a golpes de instantes reales lúcidos, la conciencia pura no dual, libre de objeto y de sujeto, brilla sin fin ni intención por sí misma.

Eugenio Silverio

Domingo, 31 de mayo de 2015

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